Como prometí hace mucho tiempo. En
esta entrada, voy a tratar de exponeros cual sería mi sociedad
"ideal" (si es que podemos hablar en estos términos, que yo
considero que no, los tipos ideales no existen) y como provocar el
cambio, para poder ir trascendiendo el propio régimen social actual. Tarea nada
fácil.
En primer lugar, debo aclarar que en
ningún caso se trata de imponer nada a nadie. No por mucho glosar las
maravillas de un nuevo acuerdo societario, la plebe se va a sumar en masa. Ni
mucho menos.
Sumados a todos los procesos de
atontamiento que el sistema capitalista usa tan sabiamente (televisión,
publicidad, consumismo, necesidad de trabajar, dinero, crédito, etcétera). Se
une un aspecto que me parece útil reseñar. Es el hecho constatable de que todos
compartimos un mismo vocabulario axiológico. Es decir, todos compartimos una
serie de valores, puesto que vivimos en la misma comunidad social. Y la
discrepancia proviene del hecho de que cada uno de nosotros le otorga diferente
peso cualitativo a las palabras y al mismo concepto de lo que es el bien. Por poner
un ejemplo, podemos hablar del término Democracia. Por muchos arduos y sesudos
debates que tengamos, es muy probable que no lleguemos a un consenso. Y si
encima, le unimos la circunstancia de compartir el mismo espacio social, con
gente venida de otras culturas, la problemática se agrava.
Por ello, no debemos inferir que del dialogo
y de la discusión vamos a alcanzar un acuerdo valorativo respecto a lo que está
bien o mal o lo que es la Democracia. Puesto que esos términos son marcadores
abiertos, y como ya he reseñado anteriormente, su propia naturaleza axiológica
les arroja ser pasto del conflicto.
Pero ojo, el conflicto no es evitable,
de hecho es sano y debe ser gestionado adecuadamente. Eso debería ser el pilar
de una verdadera Democracia inclusiva.
Ahora bien, eso no implica que no sea
deseable llegar a consensos discursivos. Pero lo que también es cierto, es que
tampoco es estrictamente necesario ni deseable llegar a acuerdos valorativos.
Es decir, la posibilidad de consensuar
acuerdos, y por tanto, poder promover la tolerancia como un modelo básico de
convivencia transcultural (una de las formas en qué se manifiesta el respeto
mutuo), se articularía mediante el ejercio coherente (respecto a los valores
que pretendemos hacer valer) y respetuoso (valga la redundancia) de nuestras
prácticas cotidianas. Donde yo necesariamente no tengo porque compartir una
acción o una práctica cultural determinada, pero debo respetarla en aras de una
satisfactoria convivencialidad intersubjetiva.
Pero ahora matizo, no pretendo
defender un relativismo cultural maximalista. Abogaría por un término medio. Me
explico, aplicando los conceptos que utiliza el antropólogo Ángel Díaz De Rada.
Con ello, pretende promover, instruir y concienciar en el uso de una ética
adecuada en el trabajo de campo. Mediante la implementación de los siguientes
principios: responsabilidad y coparticipación respecto a los informantes.
Trasladando estos conceptos al tema
que nos ocupa, versaría de la manera siguiente. Díaz De Rada, hace mucho énfasis
en que le debemos un respeto y una deferencia a la gente que nos proporciona
información en nuestro trabajo, y que debemos tratarlos como personas que son.
Y por tanto, focalizar nuestra búsqueda en la consecución de una "moral de
lo concreto" y no tanto en intentar formular "morales abstractas o
universales". Puesto que si no, caeríamos en falacias discursivas, nuestra
moral no es la verdadera, ni la mejor. Seguimos abrigando el discurso
etnocéntrico y paternalista frente al otro. La alteridad como subordinación a
nuestra visión del mundo y de la realidad como la única verdadera y merecedora
de vindicación.
En resumen, cual es mi apuesta. Pues
como he apuntado más arriba, una posición intermedia. Creo que debemos llegar a
un consenso de mínimos sobre los valores que queremos (re) construir en nuestra
futura sociedad. Una sociedad libre, justa e igualitaria.
Y volviendo al ejemplo de la
construcción de la Democracia. No podemos caer en la imposición de esos
términos (libre, justa e igualitaria). Es decir, son aspectos que creo que
todos los individuos, vengamos de la cultura que vengamos, compartiríamos. Pero
no pueden marcarse a sangre y fuego. Es decir, ser libre, implica respetar la
libertad de conciencia, no podemos prohibir el uso del pañuelo a una mujer, si
realmente es expresión de un identidad propia y compartida con una comunidad (y
obviamente es producto de una decisión libre y consciente), que representa unos
valores que considera también suyos. Vuelvo a repetir, no necesariamente
tenemos que compartirlos, por el contrario, debemos respetarlos. No debemos,
convertir nuestra moral, en ley. Ahí radica uno de los errores.
Tampoco podemos, poner por encima a la
comunidad frente a la sociedad que nos acoge a todos. Porque además, la
comunidad suele castigar el ejercicio de la libertad de ciertos
integrantes (normalmente las mujeres) frente a otros sujetos (varones). Bajo
justificación religiosa de cumplir ciertos preceptos. La castidad y pureza de
la mujer es el reflejo del honor de esa comunidad (en este caso, de la eticidad
heteropatriarcal que permea ese grupo social).
Es decir, que se debe respetar la
existencia de diversas comunidades culturales dentro de una sociedad
democrática, puesto que la medida que otorgamos a nuestros valores no es única
(libertad de conciencia, por ejemplo). Pero eso no significa, que no debamos
actuar (con leyes) cuando unos individuos pongan en peligro el edificio
convivencial que apuntala nuestra sociedad.
Y os he contado este rollo patatero,
para que podáis entender cuál es mi proyecto de sociedad. Yo soy marxista (como
doctrina política) y marxiano (como filosofía moral). Y por tanto, mi deseo de
construir una sociedad libre y justa es fiel reflejo de esta apuesta
ideológica. No voy a entrar en discusiones epistemológicas acerca de lo que se
considera marxismo o comunismo. Me parecen tertulias de salón que nos desvían
de lo verdaderamente importante. Y más propias de gente ignorante. Más
preocupada en desunir que en sumar (me estoy refiriendo a cierta izquierda, que
se cree crítica, pero que no es capaz de mirarse el ombligo. Todos debemos
convivir con nuestras miserias).
En definitiva, apuesto por una
Democracia participativa y deliberativa, dónde la ciudadanía (término que
concibo inclusivo y dónde existen sujetos y no individuos) tenga voz y voto. Es
decir, capacidad discursiva y consultiva. Se respete su autonomía para ser,
construir (se) y decidir.
Abogo además por la existencia de un
Estado mínimo (mi concepto es antagónico al discurso que maneja la teoría liberal)
que no se inmiscuya en los quehaceres cotidianos. Lo local se articula y se
imbrica por el buen hacer y el trabajo de la ciudadanía en comisiones,
asambleas y grupos de trabajo. Pero en el nivel regional y estatal (aquí
difiero de mis amigos anarquistas) creo sinceramente que debe existir el Estado
como institución, pero no como elemento dogmático o aglutinador de una masa
informe, sin capacidad de (re) pensar, decidir, ni conocer (se). Se debe
reinventar el concepto de Estado. No como un órgano de reproducción social.
Dotándose de mecanismos de control y rendición de cuentas. Dónde la
transparencia sea el motor guía. Acabando con la profesionalización de la
política. Y terminando con la clase coordinadora, parafraseando a Michael
Albert. Un grupo que ha vivido por y para la clase burguesa-capitalista
(técnicos e ingenieros sociales). Es decir, no se trata de eliminar a los
arquitectos, economistas, historiadores, antropólogos (por la cuenta que me
trae), médicos, sociólogos, etcétera. Si no, como digo, repensar su papel y la
función que deben tener en la sociedad. Para ello, se debe romper con el
mecanismo de reproducción social que ejerce el sistema educativo, la sanidad, y
cualquier otro servicio social. Para formar ciudadanos críticos con su propia
existencia y vivencia social. Por ello, creo con sumo convencimiento que los
servicios básicos deben ser prestados por el Estado. Pero, previamente a su
desclasamiento, desburocratización, desmilitarización (por supuesto, no podrían
existir ejércitos ni policías. En todo caso, sistemas de coerción ciudadana,
basados no el libre albedrío, si no en principios tasados y negociables) y
desprofesionalización. Para que realmente se pueda prestar un servicio
honesto y responsable a la ciudadanía. Y contribuya a la construcción y el
mantenimiento de una sociedad convivencial carente de dogmatismos. Y donde el
disentimiento y el conflicto no sean fuente de violencia. Sino todo lo
contrario, un motivo de enriquecimiento, mediante la comprensión mutua.
Espero, que os sirva de algo. Y por
descontado, no me creo en posesión de la verdad (puesto que no existe, la
verdad nunca puede ser objetiva. Es un producto ideológico). Pero si creo, que
mi esquema valorativo, ideológico y moral es bastante más justo y deseable, si
lo comparamos con este régimen etnocida que padecemos. Salud y Revolución.